"Yo creo que la esperanza mesiánica es uno de los grandes obstáculos para las transformaciones. Hay que sustituir la esperanza mesiánica por esperanzas racionales muy moderadas, esas que muchos han desacreditado tildándolas de reformistas, compromisos, etc., a pesar de que pueden darse en formas muy, muy radicales" Pierre Bourdieu

lunes, 19 de junio de 2017

Defensa de mi tesis doctoral: La Generación del 14 y la génesis de la teoría generacional en Ortega y Gasset: un estudio de sociología del conocimiento



Os dejo al final de esta entrada el enlace a la defensa completa de mi tesis doctoral, que leí el pasado viernes 16 de junio en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz. Antes, en esta parte visible, copio los agradecimientos que escribí para el volumen impreso de la tesis. Normalmente quedan enterrados allá donde quiera que se depositen las tesis; sin embargo, al menos en teoría, se escriben para que los lean los interesados. Así que allá van.


Se suele considerar que la tesis es, quizás en mayor medida que otros ritos académicos e intelectuales, la culminación de un largo trabajo individual. Sin duda, esto es cierto; pero quisiera destacar el esfuerzo colectivo que sostiene ese trabajo individual y que la firma en la portada tiende a invisibilizar.

En primer lugar, esta tesis hubiera sido inviable sin la ayuda de Formación de Personal Investigador que me otorgó en 2011 el entonces Ministerio de Ciencia e Innovación. La ayuda estaba asociada al proyecto I+D “Vigilancia de fronteras, colaboración crítica y reconversión: un estudio comparado de la relación de la filosofía con las ciencias sociales en España y Francia (1940-1990)”. Apostar por un tema como este en medio de una dura crisis económica es un gesto digno de mención y que una sociedad destine recursos, especialmente en esos momentos difíciles, para el sostenimiento del trabajo científico es algo de lo que alegrarse y sentirse orgulloso. Para que alguien como yo pudiera acceder a esta beca fue necesario el esfuerzo histórico de generaciones que construyeron un sistema educativo sin parangón en la historia de este país. Otros y otras antes que yo no tuvieron las mismas oportunidades; también hoy hay muchas personas —menos que antes, ¿también menos que en el futuro más próximo?— que siguen sin tenerlas. En ellas pienso cuando escribo las últimas líneas de mi trabajo, porque su esfuerzo también ha contribuido a hacer posible esta tesis.

Una parte importante de la tesis se basa en trabajo de archivo y biblioteca. El personal que trabaja en los que más he frecuentado me ha sido de inestimable ayuda, orientándome y descubriéndome nuevas posibilidades para la investigación. Recuerdo con especial cariño a Asen Uña, de la Fundación Ortega y Gasset, que tan bien me recibió en mi primer año en Madrid, y a Daniel Gozalbo Gimeno, del Archivo General de la Administración, que me ayudó pacientemente a buscar entre innumerables expedientes la información que necesitaba. También agradezco al personal de administración y servicios de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz su diligencia y amabilidad en el trabajo, imprescindible para poder realizar las tareas de docencia e investigación que me fueron asignadas.

Las estancias de investigación han enriquecido enormemente la tesis. He realizado dos en la Fundación Ortega y Gasset, en Madrid, gracias a la generosa invitación de Javier Zamora Bonilla, que me acogió y me abrió las puertas de la institución, insistiendo en que acudiera a sus actividades. Todo el personal de la fundación fue extraordinariamente amable y atento, pero quiero mencionar aquí a Enrique Cabrero Blasco, por su trabajo, amistad y simpatía. Realicé una tercera estancia en el Centre Européen de Sociologie et de Science Politique, de París, gracias a la invitación de Gisèle Sapiro, que me acogió también en sus seminarios. A esta estancia debo el descubrimiento de Christophe Charle, fundamental para la primera parte de esta tesis, y un intenso aprendizaje en los distintos cursos y seminarios de la EHESS a los que pude asistir como oyente. Quiero destacar especialmente el tiempo que me dedicó Gérard Mauger en una larga conversación para discutir sobre la teoría de las generaciones de Mannheim y su potencial actual en sociología; algo que, como se verá, también ha sido muy importante en este trabajo.

En la última fase de la tesis debo agradecer la amabilidad de José Luis Bellón Aguilera y Arnault Skornicki, que accedieron a realizar los informes de la tesis con una premura de la que me avergüenzo.

No quiero olvidarme del extraordinario ambiente formativo del que disfruté como alumno en la Universidad de Cádiz durante la licenciatura. Tuve la suerte de caer en una promoción donde el compañerismo fue la norma y no la excepción y donde no era rara una inquietud intelectual alegre y nada dogmática. Cuando pienso en el origen de mi vocación investigadora, no puedo imaginarla sin mis compañeros y compañeras. Esa inquietud fue acogida y alimentada por buenos profesores, a los que debo mucho. No puedo mencionarlos a todos; pero recuerdo con un enorme afecto, ellos lo saben, a Alfonso Franco y a María Dolores Pérez Murillo. A Lola Lozano le quiero agradecer que aceptara generosamente tutelarme cuando era un desorientado “alumno colaborador”. Y a Gloria Espigado le debo una inolvidable lección, que espero alguna vez tener el valor de agradecerle en persona. Pero en la facultad no solo hubo compañeros de estudios, profesores y amigos, sino también compañeros de militancia política. Con ellos y de ellos aprendí mucho y compartí la lucha por una universidad pública mejor. Fue precisamente organizando una charla sobre un modelo alternativo de universidad cuando leí por primera vez a Ortega. Se trataba evidentemente de Misión de la universidad. Como se ve, los vínculos entre universidad, campo intelectual y política no se limitan al objeto de estudio de esta tesis, sino que también en ella se expresa una parte del presente histórico desde el que está escrita.

Llego en mis agradecimientos al grupo de investigación en el que trabajo desde hace ocho años. Como profesores, José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez me descubrieron un mundo nuevo y despertaron mi interés por la filosofía y la sociología. Como compañeros, me invitaron a compartir un proyecto estimulante y me dieron un ejemplo de trabajo y compromiso intelectual de un valor incalculable. Gracias a este proyecto conocí a Francisca Fernández, Juan Núñez Olguín, Adriana Razquin y Francisco Carballo. He aprendido muchísimo de ellos y sin su amistad, cuidados y colaboración, esta tesis no hubiera salido adelante. A Francisco Carballo le agradezco especialmente su lectura atenta y su apoyo en un momento especialmente complicado.

Mi familia y amigos me han acompañado y, en parte, soportado durante estos años, en muchos casos más de lo que merecía. No tenían por qué haberlo hecho y tengo muy presente su generosidad, que no siempre he agradecido como debiera. Me acuerdo especialmente de mis padres, que me ayudaron y respetaron, aunque no siempre compartieran o comprendieran mis elecciones, lo que aún hace más valioso su apoyo. También de Emma y Juanma, que me prestaron sus casas y me regalaron su compañía.

A Mónica le agradezco haberme acompañado durante la mayor parte de este camino, que nos ha dado muy buenos momentos y otros tramos no tan agradables. En estos últimos siempre tuvo un gesto o una palabra que los hicieron más llevaderos. Con inteligencia y paciencia ha discutido partes importantes de la tesis, que han mejorado con su aportación. Y su maratoniana y meticulosa revisión final de la tesis merecería un capítulo aparte.

Quiero terminar agradeciendo especialmente a José Luis Moreno Pestaña su dedicación, que ha excedido, con mucho, lo que razonablemente se puede pedir a un director. El lector advertirá con el paso de las páginas cuánto debe este texto a su influencia y a sus trabajos. Más allá de eso, mi deuda con él es mucho más amplia; espero que este trabajo responda ante ella de la única manera que es posible en estos casos: poniendo en práctica de la mejor manera posible todo lo aprendido.


domingo, 4 de junio de 2017

Un señor de Madrid me explica cosas

Inspirado por esta entrevista a Pablo Iglesias en el Diario de Cádiz, he escrito esta pequeña recreación de lo que no pudo ser y no fue la preparación de la misma.


—Escucha, que tenemos que explicar la movida esta de la Virgen de Cádiz. Nos están dando caña por todos lados.

—No pasa nada, ya he hablado con el Kichi y me ha puesto al día. Te cuento. Resulta que hay mucha devoción por la Virgen en Cádiz. Pero no te vayas a creer que son los fachas, como aquí en Madrid…

—¿Que no?

—Qué va. La gente del pueblo, tío. Los pescadores. Tú sabes cómo va la cosa en Cádiz: los anarquistas, Salvochea, Casas Viejas, los liberales de 1812…

—Ostias… Pues a mí me sonaba que el Salvochea este estaba contra la Iglesia.

—Ya tío, yo que sé. Las movidas de los andaluces…

—Pero vamos, que una cosa es que haya una procesión y otra cosa es darle una medalla a la Virgen.

—Esa es la cosa. Que el pueblo lo pide, tío. Que han recogido firmas y todo.

—No me jodas.

—Como lo oyes.

—¿Pero quién ha recogido las firmas? ¿Un ateneo libertario? ¿Un centro social autogestionado? ¿Las asociaciones de vecinos?

—Pues creo que me ha dicho que el prior de un convento de dominicos. A lo mejor es un cura obrero de estos de antes.

—Claro, será algo de la teología de la liberación.

—Eso, seguro. Además, tío, está el tema del atraso del campo, de las provincias… Es una realidad social diferente que requiere una estrategia política diferente. Adaptada a la coyuntura, como los narodniki en la Rusia zarista.

—Sí, tío, es verdad. Yo tengo un colega que le pilló una vez en Semana Santa en Sevilla y flipaba.

—¿Sí?

—Sí, el Rodri, el que estudió Antropología en la Complu.

—¿Qué fue, de vacaciones? ¿por un trabajo de la uni?

—Qué va. A un encuentro de Estudiantes en Movimiento. Y luego se pasó por la procesión del coño insumiso.

—Qué guapo, tío. Esas cosas tienen que ir calando. Pero mientras, hay que estar con el pueblo. Así que ahora mismo les mando el argumentario: “Kichi lo ha manejado de una manera muy laica en el sentido de que se trata de una muestra de respeto a los sentimientos populares”. “Los urbanitas de izquierda tenemos que aprender a respetar esas tradiciones tan arraigadas en el pueblo”.

—Muy bien. Mete también lo de los anarquistas y los pescadores, que no se te olvide.

—Ostias, es verdad… Vale, ya.

—Tío, tío, espera… No te lo vas a creer. He mirado en la Wikipedia y resulta que en Cádiz "campo, campo" no hay. Vamos, que no hay cabras, olivos y esas cosas. Que igual lo de "urbanitas" no se entiende bien.

—Bueno, tío… es una metáfora. Además, ya lo acabo de enviar por Telegram.

—No pasa nada, el sentido del discurso está claro, ¿no?

—Clarísimo.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Tertulia Participación democrática y presentación "El sorteo en política"


Este viernes 26 de mayo estaré a las 18.30 en la Librería Al-Andalus de San Fernando (Cádiz) invitado por el Ateneo Republicano y Memorialista de La Isla. Hablaremos de participación democrática y del sorteo. También del libro que publiqué junto a Oliver Dowlen: "El sorteo en política".

¡Estáis invitados!

Tertulia participación democrática y el sorteo en política

domingo, 7 de mayo de 2017

Carne de Carnaval





David Monthiel nos propone en Carne de Carnaval una inmersión profunda en la sociedad gaditana a través de su fiesta más característica. A través de los ojos de un detective retornado, Rafael Bechiarelli, que investiga el asesinato de un comparsista, el autor nos muestra el ambiente denso, las intrigas y la miseria de una ciudad volcada en un acontecimiento excepcional que resucita cada año; pero también la alegría y la dignidad que Bechiarelli revive con el lenguaje de las emociones ligadas a la memoria de la infancia.

La novela, como reconoce el propio autor en los agradecimientos, debe mucho al magisterio de Vázquez Montalbán. Bechiarelli es un Pepe Carvalho a la gaditana: la adaptación del arquetipo del detective a la realidad gaditana me parece un acierto extraordinario. Así, la afición de Carvalho a la alta cocina contrasta con la ruina de Bechiarelli, obligado a mendigar conviás en cada encuentro. Mientras que la cultura enciclopédica del barcelonés se forjó en la universidad y en la lucha comunista contra el franquismo, la del gaditano se mueve entre el imaginario carvalesco y una afición a la lectura —muy ortodoxa— nacida del aburrimiento en un trabajo de vigilante nocturno. El cinismo con el que se protege Carvalho se transforma en Bechiarelli en una ironía más fresca, menos melancólica, aunque a veces cargante y casi obligada a la broma. Esto no es un defecto de estilo del autor; al contrario, es un rasgo fundamental de la ciudad que reconocerá cualquier gaditano o visitante asiduo y que se acentúa en el mundo del Carnaval. De la misma manera que en el ambiente de las élites culturales que frecuenta Carvalho en muchas de sus novelas aparece la permanente tensión para enunciar la palabra precisa, la respuesta perfecta, en los diálogos de Carne de Carnaval los personajes buscan constantemente la ocurrencia, la rima fácil o rebuscada, los sobreentendidos que llegan a ser una condición necesaria para habitar la ciudad.

El contraste entre los dos arquetipos detectivescos personifica un problema literario fundamental que plantea el autor en la novela. No es casual que las fugaces apariciones de su alter ego en la trama vayan acompañadas de reflexiones en este sentido. ¿Es el Carnaval un objeto digno de la “buena” literatura? ¿O está relegado a la esfera del localismo o el costumbrismo? ¿Cómo se establecen estas jerarquías literarias? David Monthiel propone varios pactos literarios a sus lectores. Los más carnavaleros encontrarán una novela llena de guiños y referencias a la historia y a la actualidad del Carnaval, representado en una distopía que no parece tan lejana. Para quienes no lo sean, la edición viene acompañada de un índice de referencias al final. Esto, en mi opinión, no supone ningún problema práctico para la lectura, aunque sí interpela a los prejuicios ideológicos del lector. ¿En qué sentido? Cualquier buena novela adapta su estilo y referencias a los lugares que recorre. El lector o lectora que los conoce de primera mano es siempre una excepción; los demás solemos estar predispuestos a aceptar un pacto literario fundado en lenguajes ajenos si los entendemos como prestigiosos, propios de la literatura. Pero no hay nada que haga intrínsecamente más valiosa una trama de espionaje en la alta sociedad, una historia cuyo protagonista sea un escritor o un personaje exótico que se comporta como tal que la historia de un crimen en el Carnaval de Cádiz. Aquí David Monthiel sigue los dos axiomas que Flaubert afirmaba a propósito de Madame Bovary:

primero, que la poesía es puramente subjetiva, que no hay en literatura hermosos asuntos artísticos, y que Yvetot, por ende, vale tanto como Constantinopla; que, en consecuencia, puede escribirse cualquier cosa, es decir lo que sea. El artista debe elevarlo todo; es como una bomba, tiene un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas. Aspira y hace brotar al sol, en surtidores gigantescos, lo que estaba plano, bajo tierra, y no se veía.

¿Y qué es lo que brota en esta novela? No son las disputas bizantinas del Carnaval, como advierten a Bechiarelli quienes intentan convencerlo de que abandone la investigación. Como toda buena novela negra, la trama del crimen sirve de excusa para un análisis social y político de la sociedad que lo genera. Y en este caso aparecen tres ejes que atraviesan la ciudad y el Carnaval: la mercantilización (de la propia ciudad como objeto turístico y del concurso de agrupaciones), la especulación inmobiliaria y el tráfico de drogas. La forma en que aborda la novela los dos primeros puntos me parece muy acertada: son dinámicas estructurales que se imponen con la colaboración de poderosos agentes que las impulsan, la ambigua colaboración resignada de quienes se saben impotentes ante ellas y las resistencias individuales y dispersas de algunos que quedan al margen. La cuestión del tráfico de drogas me parece un poco más problemática: siendo una cuestión central en la novela, sorprende su banalización, en contraste con los otros dos ejes de dominación. Ningún personaje encarna la resistencia frente a este y aunque los efectos negativos del tráfico (cárcel, violencia, adicción, clientelismo…) se critican a nivel discursivo, la práctica del tráfico y el consumo se muestran completamente normalizadas, incluso en escenas especialmente cargadas de significado. Desde luego, la banalización del consumo y tráfico de drogas es una realidad en toda la costa gaditana, pero no sé si en mayor medida que el pelotazo urbanístico o la dependencia del turismo. Por eso me llama la atención que se le dé este tratamiento.



Por lo demás, el enfoque, el estilo y los personajes tienen un potencial que desborda a esta novela y promete continuar con futuras entregas. Para mi gusto, Carne de Carnaval está a la altura de los clásicos de la novela negra, al menos los que yo conozco. Le deseo mucha suerte al autor y a la serie que, espero, está por venir. Paseando por Cádiz estos días recordaba pasajes de la novela y miraba lugares, de sobra conocidos, de otra manera. Además de todo lo anterior, creo que Bechiarelli puede llegar a convertirse en un referente para una ciudad muy necesitada de este tipo de miradas.

jueves, 31 de diciembre de 2015

La idealización de la política



La película Sufragistas (2015) nos habla de un momento concreto de la larga lucha de las sufragistas por el voto femenino. Al rememorar un acontecimiento con una fuerte carga política, la directora indudablemente pretende generar algún tipo de efecto político sobre el público y como la película trata sobre un acontecimiento pasado, esta pretensión tiene dos vertientes: 1. La apuesta por una reconstrucción del pasado en particular 2. Recuperar elementos que, desde esa interpretación del pasado, iluminan nuevas posibilidades de acción en el presente.

En esta reconstrucción de la lucha de las sufragistas destacan dos cuestiones. En primer lugar, la importancia del activismo político de mujeres procedentes de la clase obrera. La elección de la protagonista apunta en este sentido. Los espacios donde se desarrolla la acción y los demás personajes protagonistas también subrayan los fuertes contrastes sociales de la época. Sin embargo, hay algo que no resulta creíble en el relato: la fácil integración de la obrera protagonista en un grupo militante muy heterogéneo socialmente. En la película, la fraternidad militante disuelve las diferencias sociales y dos obreras conviven sin conflictos aparentes con una farmacéutica de familia liberal y la rica esposa de un lord. Es cierto que la esposa del lord pronto se distancia del grupo, lo que pone entredicho su compromiso con la causa y refuerza la reivindicación de la clase obrera en el relato; pero, en todo caso, la militancia en la WSPU se representa como un espacio donde desaparecen los conflictos de clase. Ojo, desaparecen los conflictos de clase, pero no las clases: la jerarquía dentro del partido es muy estricta y, como recalca el antagonista y asume orgullosamente la protagonista, las obreras son la fiel y sacrificada infantería del movimiento sufragista. En la imagen que yo tenía del movimiento sufragista en Inglaterra, este estaba compuesto fundamentalmente por mujeres de origen burgués, pero no conozco bien la historia de Emmeline Pankhurst y la WSPU y no sé, por tanto, qué hay de cierto en ello. En todo caso la idealización del espacio militante que muestra la película no incluye ninguna crítica a esa jerarquía clasista: las obreras están satisfechas de ocupar el lugar que les corresponde y cumplen heroicamente con las tareas que les asignan sus líderes.

La segunda cuestión es la importancia de la desobediencia civil y de la propaganda por el hecho para la lucha por los derechos de las mujeres. Con ello, la película nos recuerda que los derechos que ahora disfrutamos no se obtuvieron fácilmente: sin la lucha y el sacrificio de muchas mujeres no se hubieran logrado. La conquista del voto femenino exigió tremendas renuncias personales, privaciones, persecución, cárcel y el empleo de métodos cuestionables para las propias protagonistas. Aquí la película parece discutir con un relato dulcificado de las conquistas feministas que las presenta, desde el sentido común de la época actual, como la natural y razonable superación de una barbarie injustificable. Este relato incurre en un doble anacronismo: despoja a la lucha feminista de todo lo que ha tenido y tiene de ruptura con el status quo patriarcal y, al disociar un pasado bárbaro de un presente idealizado, tiende a generar una conciencia similar a la del señorito satisfecho de Ortega, que “se comporta exclusivamente como heredero” ignorando el coste y las condiciones de posibilidad de lo heredado. Frente a este relato y a sus efectos nocivos sobre el presente, la directora nos propone recuperar un episodio de la historia del feminismo que nos recuerda la importancia del sacrificio y el compromiso para, en general, lograr un mundo más justo, y en particular, lograr unos objetivos políticos concretos. Y con ello, la deuda pendiente que nos exige estar a la altura de nuestra historia.

Pero un acontecimiento histórico no tiene un valor intrínseco, sino que su sentido procede de la forma escogida para narrarlo. Y en eso, la película no cumple lo que promete. El mensaje que transmite la película es que un compromiso político a la altura de las circunstancias solo está al alcance de los héroes. Las heroínas, en este caso, tienen una contextura moral excepcional que, como todo lo excepcional, destaca en contraste con lo normal, lo mediocre. Y la película nos ofrece un retrato del compromiso político a través de una escala moral decreciente.
En la cúspide, las feministas plenamente comprometidas con Pankhurst, que como la protagonista, lo abandonan todo para servir a la causa. No de buen grado, desde luego: el egoísmo y la cobardía de su pareja -un hombre bueno, siempre y cuando su mujer ocupe sumisamente el lugar que le ha asignado el mundo masculino- y el chantaje de la policía y los políticos la obligan a elegir entre su compromiso y su propio hijo. La protagonista opta por lo primero y desde ese momento su mundo de referencia pasa a ser exclusivamente el de la militancia, el de sus compañeras que la sostienen afectiva y económicamente. Sin su familia, sin ningún otro apoyo -¿no tenía amigas antes de entrar en la WSPU? ¿todas las vecinas le dan de lado? En el trabajo sus compañeras parecían respetarla, ¿ninguna la defiende o mantiene el contacto con ella?- la lucha por el sufragio pasa a ocupar toda su vida. Un escalón por debajo están las militantes que no pueden seguir el ritmo: la esposa del lord, que cuando las cosas se ponen feas, cede a la presión del marido; la compañera que, obligada por la necesidad económica y un embarazo, renuncia a implicarse en las cada vez más arriesgadas acciones de sus compañeras. Ambas piden perdón por abandonarlas y, la película lo sugiere condescendientemente en varias escenas, por beneficiarse insolidariamente del mayor compromiso de sus compañeras. En todo caso, su castigo se limita a esa condescendencia: como buenas heroínas, las protagonistas comprenden sus razones y asumen también la salvación de las compañeras a su cargo. Pese a que Pankhurst en su discurso afirma que cada cual puede colaborar a su manera, es evidente que a mayor implicación política, mayor exclusividad, y que la duda supone el abandono del protagonismo político y, con ello, el reproche moral de las iguales. Por debajo de las militantes hay un fondo gris anónimo: las obreras de la lavandería y las vecinas de la protagonista, que asisten impasibles o acobardadas al acoso laboral, sexual, al maltrato familiar… en general a la dominación masculina y de clase. De ahí solo emergen algunas figuras, siempre negativas: las compañeras que les reprochan su militancia o la vecina que se niega a seguir cuidando al hijo de una sufragista. En fin, este fondo gris es la representación de la masa cobarde, egoísta y alienada, y su caracterización en esos términos es la condición indispensable para representar a una vanguardia política que resalte en toda su plenitud: las heroínas son el opuesto moral de la masa, y su fe en la causa adquiere aún más valor ante el rechazo de aquellas a quienes quieren salvar -de sí mismas, en primer lugar-.

En el lado masculino encontramos una escala moral similar: en el lugar más bajo están quienes encarnan la dominación más brutal: los maridos de las obreras y el patrón, que responden con violencia y chantajes al cuestionamiento del orden patriarcal. En el más elevado, encontramos el refinamiento del policía que reconoce el valor y la táctica de las sufragistas, incluso la legitimidad de sus reivindicaciones, pero se pone del lado de la ley. La figura de este antagonista funciona como el contrapeso ideal al heroísmo de la protagonista. Como el “gran inquisidor” de Dostojevski, responde al idealismo político con pragmatismo y cinismo: el sufragio femenino es una reivindicación legítima, pero inviable; el desorden social que genera la protesta no compensa los hipotéticos beneficios futuros; y, además, las líderes sufragistas instrumentalizan a la fiel infantería sin hacerse cargo de su sufrimiento. El policía-inquisidor reconoce la envergadura moral de su interlocutora, pero insiste en las dificultades del compromiso político para ¡ojo! no renunciar a él -ella ya forma parte de las privilegiadas que han tomado consciencia, han visto el mundo tal y como es-, sino pasarse al enemigo, al bando del sentido común, que obliga a menos renuncias materiales, aunque también a cargar con el peso de la culpa -de nuevo la visión sacrificial de la política-: la culpa de saber que la sociedad es y seguirá siendo injusta, pero que es lo mejor que puede ser y, al fin y al cabo, alguien tiene que gestionarla. No todos pueden ser héroes, parece decir: la mayoría no es capaz de sacrificarse como nosotros, por eso debemos defender una moral diferente al alcance de la mayoría. Una moral pacata y farisea, sí, pero la única de la que son capaces. Esta es la cara oscura de la vanguardia, encarnada en una figura masculina descalificada moralmente en la película -es un cínico y un traidor a su clase- cuyos argumentos quedan deslegitimados cuando intenta corromper a la heroína.
Hay, por último, una figura masculina positiva: el marido de la farmacéutica que lidera la pequeña célula sufragista donde milita la protagonista. Apoya activamente a su esposa, pero al mismo tiempo cuestiona la creciente radicalización de su militancia. Cuando la escalada de la violencia causa la división del grupo, el viejo farmacéutico le reprocha a su esposa la exclusión de una amiga: “es bueno escuchar a los amigos, nos hace más inteligentes”. Además, le recuerda, las cosas no están claras: el movimiento está dividido y la propia Sylvia Pankhurst, hija de su carismática líder, está en desacuerdo con la táctica de su madre. Estos argumentos no convencen a la farmacéutica, que solo faltará a su compromiso a su pesar, impedida por un acto de amor de su marido -habrá quien lo interprete como un acto egoísta, pero creo que aquí la película sí quiere reflejar los límites de un compromiso político cuando choca con un amor que, en ese caso, no es dominación encubierta-. En todo caso, el contrapeso de esta figura va encaminado a mostrar los conflictos que plantea el uso de la violencia política, no el vanguardismo. Aunque cualquiera que haya conocido una organización política por dentro se reconocerá en el dilema que se plantea cuando surge la discrepancia interna. Y encontrará que en esto la película es certera: es mucho más habitual la respuesta de la farmacéutica: “ha cuestionado la estrategia y no puede seguir con nosotras”, que la escucha atenta a las razones de los amigos.

¿Por qué la película no cumple lo que promete? Porque al recordar la lucha feminista en la Inglaterra de 1912, imagina un modelo de militancia política que rebosa romanticismo y es, en tanto que romántico, conservador. Romántico, porque idealiza un pasado que reivindica como modelo para un presente que solo puede ser una pálida copia de lo idealizado. Conservador, no por el mensaje político explícito, obviamente: la bondad de la lucha y la justicia del voto de la mujer. Es conservador en el modelo de práctica política que plantea: la militancia como un sacrificio absoluto, como plena dedicación a la causa, solo al alcance de los mejores. ¿De verdad no somos capaces de imaginar la militancia política de otra manera? ¿Qué posibilidades de acción política propone este modelo heroico para el presente? Yo solo veo dos alternativas: por un lado estimula una recepción auto-satisfecha por parte del público militante, que se siente identificado con el modelo -eso sí, afortunadamente con menos riesgos en el presente político occidental-, refuerza su sensación de superioridad moral, e invita a persistir en una política vanguardista que despertará -no ahora, claro, cuando llegue el momento- a las masas. Pero para la mayoría, la película invita al inmovilismo: es la perspectiva de quienes asisten impresionados al ejemplo narrado y vuelven a casa convencidos de que la política transformadora es maravillosa, pero cosa de otro tiempo: que el temple moral que se requiere no está a su alcance, que las tareas políticas que pueden imaginar -dotar de medios a las mujeres víctimas de la violencia de género para combatirla, eliminar la brecha salarial, montar una sección sindical, reunir a los compañeros de trabajo para hablar de sus condiciones laborales- no encajan en el modelo propuesto, ¿cómo van a encajar, si están todos -todos menos yo, claro- alienados y son unos cobardes? Y, por supuesto, que tampoco en los partidos políticos actuales encuentran la fraternidad y el heroísmo esperado. Por eso es una película conservadora en su manera de imaginar la política: nos invita a persistir en lo que somos, ofreciendo una imagen confortable de lo que hacemos cuando hacemos política. No nos invita a mejorar.

Creo que, por ejemplo, la propuesta de Nigel Cole en otra película sobre un episodio de la historia del feminismo, Pago justo (2010), es mucho más interesante.