La película Sufragistas (2015) nos habla de un momento concreto de la larga lucha de las sufragistas por el voto femenino. Al rememorar un acontecimiento con una fuerte carga política, la directora indudablemente pretende generar algún tipo de efecto político sobre el público y como la película trata sobre un acontecimiento pasado, esta pretensión tiene dos vertientes: 1. La apuesta por una reconstrucción del pasado en particular 2. Recuperar elementos que, desde esa interpretación del pasado, iluminan nuevas posibilidades de acción en el presente.
En esta reconstrucción de la lucha de las sufragistas destacan dos cuestiones. En primer lugar, la importancia del activismo político de mujeres procedentes de la clase obrera. La elección de la protagonista apunta en este sentido. Los espacios donde se desarrolla la acción y los demás personajes protagonistas también subrayan los fuertes contrastes sociales de la época. Sin embargo, hay algo que no resulta creíble en el relato: la fácil integración de la obrera protagonista en un grupo militante muy heterogéneo socialmente. En la película, la fraternidad militante disuelve las diferencias sociales y dos obreras conviven sin conflictos aparentes con una farmacéutica de familia liberal y la rica esposa de un lord. Es cierto que la esposa del lord pronto se distancia del grupo, lo que pone entredicho su compromiso con la causa y refuerza la reivindicación de la clase obrera en el relato; pero, en todo caso, la militancia en la WSPU se representa como un espacio donde desaparecen los conflictos de clase. Ojo, desaparecen los conflictos de clase, pero no las clases: la jerarquía dentro del partido es muy estricta y, como recalca el antagonista y asume orgullosamente la protagonista, las obreras son la fiel y sacrificada infantería del movimiento sufragista. En la imagen que yo tenía del movimiento sufragista en Inglaterra, este estaba compuesto fundamentalmente por mujeres de origen burgués, pero no conozco bien la historia de Emmeline Pankhurst y la WSPU y no sé, por tanto, qué hay de cierto en ello. En todo caso la idealización del espacio militante que muestra la película no incluye ninguna crítica a esa jerarquía clasista: las obreras están satisfechas de ocupar el lugar que les corresponde y cumplen heroicamente con las tareas que les asignan sus líderes.
La segunda cuestión es la importancia de la desobediencia civil y de la propaganda por el hecho para la lucha por los derechos de las mujeres. Con ello, la película nos recuerda que los derechos que ahora disfrutamos no se obtuvieron fácilmente: sin la lucha y el sacrificio de muchas mujeres no se hubieran logrado. La conquista del voto femenino exigió tremendas renuncias personales, privaciones, persecución, cárcel y el empleo de métodos cuestionables para las propias protagonistas. Aquí la película parece discutir con un relato dulcificado de las conquistas feministas que las presenta, desde el sentido común de la época actual, como la natural y razonable superación de una barbarie injustificable. Este relato incurre en un doble anacronismo: despoja a la lucha feminista de todo lo que ha tenido y tiene de ruptura con el status quo patriarcal y, al disociar un pasado bárbaro de un presente idealizado, tiende a generar una conciencia similar a la del señorito satisfecho de Ortega, que “se comporta exclusivamente como heredero” ignorando el coste y las condiciones de posibilidad de lo heredado. Frente a este relato y a sus efectos nocivos sobre el presente, la directora nos propone recuperar un episodio de la historia del feminismo que nos recuerda la importancia del sacrificio y el compromiso para, en general, lograr un mundo más justo, y en particular, lograr unos objetivos políticos concretos. Y con ello, la deuda pendiente que nos exige estar a la altura de nuestra historia.
Pero un acontecimiento histórico no tiene un valor intrínseco, sino que su sentido procede de la forma escogida para narrarlo. Y en eso, la película no cumple lo que promete. El mensaje que transmite la película es que un compromiso político a la altura de las circunstancias solo está al alcance de los héroes. Las heroínas, en este caso, tienen una contextura moral excepcional que, como todo lo excepcional, destaca en contraste con lo normal, lo mediocre. Y la película nos ofrece un retrato del compromiso político a través de una escala moral decreciente.
En la cúspide, las feministas plenamente comprometidas con Pankhurst, que como la protagonista, lo abandonan todo para servir a la causa. No de buen grado, desde luego: el egoísmo y la cobardía de su pareja -un hombre bueno, siempre y cuando su mujer ocupe sumisamente el lugar que le ha asignado el mundo masculino- y el chantaje de la policía y los políticos la obligan a elegir entre su compromiso y su propio hijo. La protagonista opta por lo primero y desde ese momento su mundo de referencia pasa a ser exclusivamente el de la militancia, el de sus compañeras que la sostienen afectiva y económicamente. Sin su familia, sin ningún otro apoyo -¿no tenía amigas antes de entrar en la WSPU? ¿todas las vecinas le dan de lado? En el trabajo sus compañeras parecían respetarla, ¿ninguna la defiende o mantiene el contacto con ella?- la lucha por el sufragio pasa a ocupar toda su vida. Un escalón por debajo están las militantes que no pueden seguir el ritmo: la esposa del lord, que cuando las cosas se ponen feas, cede a la presión del marido; la compañera que, obligada por la necesidad económica y un embarazo, renuncia a implicarse en las cada vez más arriesgadas acciones de sus compañeras. Ambas piden perdón por abandonarlas y, la película lo sugiere condescendientemente en varias escenas, por beneficiarse insolidariamente del mayor compromiso de sus compañeras. En todo caso, su castigo se limita a esa condescendencia: como buenas heroínas, las protagonistas comprenden sus razones y asumen también la salvación de las compañeras a su cargo. Pese a que Pankhurst en su discurso afirma que cada cual puede colaborar a su manera, es evidente que a mayor implicación política, mayor exclusividad, y que la duda supone el abandono del protagonismo político y, con ello, el reproche moral de las iguales. Por debajo de las militantes hay un fondo gris anónimo: las obreras de la lavandería y las vecinas de la protagonista, que asisten impasibles o acobardadas al acoso laboral, sexual, al maltrato familiar… en general a la dominación masculina y de clase. De ahí solo emergen algunas figuras, siempre negativas: las compañeras que les reprochan su militancia o la vecina que se niega a seguir cuidando al hijo de una sufragista. En fin, este fondo gris es la representación de la masa cobarde, egoísta y alienada, y su caracterización en esos términos es la condición indispensable para representar a una vanguardia política que resalte en toda su plenitud: las heroínas son el opuesto moral de la masa, y su fe en la causa adquiere aún más valor ante el rechazo de aquellas a quienes quieren salvar -de sí mismas, en primer lugar-.
En el lado masculino encontramos una escala moral similar: en el lugar más bajo están quienes encarnan la dominación más brutal: los maridos de las obreras y el patrón, que responden con violencia y chantajes al cuestionamiento del orden patriarcal. En el más elevado, encontramos el refinamiento del policía que reconoce el valor y la táctica de las sufragistas, incluso la legitimidad de sus reivindicaciones, pero se pone del lado de la ley. La figura de este antagonista funciona como el contrapeso ideal al heroísmo de la protagonista. Como el “gran inquisidor” de Dostojevski, responde al idealismo político con pragmatismo y cinismo: el sufragio femenino es una reivindicación legítima, pero inviable; el desorden social que genera la protesta no compensa los hipotéticos beneficios futuros; y, además, las líderes sufragistas instrumentalizan a la fiel infantería sin hacerse cargo de su sufrimiento. El policía-inquisidor reconoce la envergadura moral de su interlocutora, pero insiste en las dificultades del compromiso político para ¡ojo! no renunciar a él -ella ya forma parte de las privilegiadas que han tomado consciencia, han visto el mundo tal y como es-, sino pasarse al enemigo, al bando del sentido común, que obliga a menos renuncias materiales, aunque también a cargar con el peso de la culpa -de nuevo la visión sacrificial de la política-: la culpa de saber que la sociedad es y seguirá siendo injusta, pero que es lo mejor que puede ser y, al fin y al cabo, alguien tiene que gestionarla. No todos pueden ser héroes, parece decir: la mayoría no es capaz de sacrificarse como nosotros, por eso debemos defender una moral diferente al alcance de la mayoría. Una moral pacata y farisea, sí, pero la única de la que son capaces. Esta es la cara oscura de la vanguardia, encarnada en una figura masculina descalificada moralmente en la película -es un cínico y un traidor a su clase- cuyos argumentos quedan deslegitimados cuando intenta corromper a la heroína.
Hay, por último, una figura masculina positiva: el marido de la farmacéutica que lidera la pequeña célula sufragista donde milita la protagonista. Apoya activamente a su esposa, pero al mismo tiempo cuestiona la creciente radicalización de su militancia. Cuando la escalada de la violencia causa la división del grupo, el viejo farmacéutico le reprocha a su esposa la exclusión de una amiga: “es bueno escuchar a los amigos, nos hace más inteligentes”. Además, le recuerda, las cosas no están claras: el movimiento está dividido y la propia Sylvia Pankhurst, hija de su carismática líder, está en desacuerdo con la táctica de su madre. Estos argumentos no convencen a la farmacéutica, que solo faltará a su compromiso a su pesar, impedida por un acto de amor de su marido -habrá quien lo interprete como un acto egoísta, pero creo que aquí la película sí quiere reflejar los límites de un compromiso político cuando choca con un amor que, en ese caso, no es dominación encubierta-. En todo caso, el contrapeso de esta figura va encaminado a mostrar los conflictos que plantea el uso de la violencia política, no el vanguardismo. Aunque cualquiera que haya conocido una organización política por dentro se reconocerá en el dilema que se plantea cuando surge la discrepancia interna. Y encontrará que en esto la película es certera: es mucho más habitual la respuesta de la farmacéutica: “ha cuestionado la estrategia y no puede seguir con nosotras”, que la escucha atenta a las razones de los amigos.
¿Por qué la película no cumple lo que promete? Porque al recordar la lucha feminista en la Inglaterra de 1912, imagina un modelo de militancia política que rebosa romanticismo y es, en tanto que romántico, conservador. Romántico, porque idealiza un pasado que reivindica como modelo para un presente que solo puede ser una pálida copia de lo idealizado. Conservador, no por el mensaje político explícito, obviamente: la bondad de la lucha y la justicia del voto de la mujer. Es conservador en el modelo de práctica política que plantea: la militancia como un sacrificio absoluto, como plena dedicación a la causa, solo al alcance de los mejores. ¿De verdad no somos capaces de imaginar la militancia política de otra manera? ¿Qué posibilidades de acción política propone este modelo heroico para el presente? Yo solo veo dos alternativas: por un lado estimula una recepción auto-satisfecha por parte del público militante, que se siente identificado con el modelo -eso sí, afortunadamente con menos riesgos en el presente político occidental-, refuerza su sensación de superioridad moral, e invita a persistir en una política vanguardista que despertará -no ahora, claro, cuando llegue el momento- a las masas. Pero para la mayoría, la película invita al inmovilismo: es la perspectiva de quienes asisten impresionados al ejemplo narrado y vuelven a casa convencidos de que la política transformadora es maravillosa, pero cosa de otro tiempo: que el temple moral que se requiere no está a su alcance, que las tareas políticas que pueden imaginar -dotar de medios a las mujeres víctimas de la violencia de género para combatirla, eliminar la brecha salarial, montar una sección sindical, reunir a los compañeros de trabajo para hablar de sus condiciones laborales- no encajan en el modelo propuesto, ¿cómo van a encajar, si están todos -todos menos yo, claro- alienados y son unos cobardes? Y, por supuesto, que tampoco en los partidos políticos actuales encuentran la fraternidad y el heroísmo esperado. Por eso es una película conservadora en su manera de imaginar la política: nos invita a persistir en lo que somos, ofreciendo una imagen confortable de lo que hacemos cuando hacemos política. No nos invita a mejorar.
Creo que, por ejemplo, la propuesta de Nigel Cole en otra película sobre un episodio de la historia del feminismo, Pago justo (2010), es mucho más interesante.
Creo que, por ejemplo, la propuesta de Nigel Cole en otra película sobre un episodio de la historia del feminismo, Pago justo (2010), es mucho más interesante.


Yo conozco mas la historia de su hija, Sylvia Pankhurst. Las descubrí a ambas cuando militaba en el luxemburguismo.
ResponderEliminar