Os dejo al final de esta entrada el enlace a la defensa completa de mi tesis doctoral, que leí el pasado viernes 16 de junio en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cádiz. Antes, en esta parte visible, copio los agradecimientos que escribí para el volumen impreso de la tesis. Normalmente quedan enterrados allá donde quiera que se depositen las tesis; sin embargo, al menos en teoría, se escriben para que los lean los interesados. Así que allá van.
Se suele considerar que la tesis es, quizás en mayor medida que otros ritos académicos e intelectuales, la culminación de un largo trabajo individual. Sin duda, esto es cierto; pero quisiera destacar el esfuerzo colectivo que sostiene ese trabajo individual y que la firma en la portada tiende a invisibilizar.
En primer lugar, esta tesis hubiera sido inviable sin la ayuda de Formación de Personal Investigador que me otorgó en 2011 el entonces Ministerio de Ciencia e Innovación. La ayuda estaba asociada al proyecto I+D “Vigilancia de fronteras, colaboración crítica y reconversión: un estudio comparado de la relación de la filosofía con las ciencias sociales en España y Francia (1940-1990)”. Apostar por un tema como este en medio de una dura crisis económica es un gesto digno de mención y que una sociedad destine recursos, especialmente en esos momentos difíciles, para el sostenimiento del trabajo científico es algo de lo que alegrarse y sentirse orgulloso. Para que alguien como yo pudiera acceder a esta beca fue necesario el esfuerzo histórico de generaciones que construyeron un sistema educativo sin parangón en la historia de este país. Otros y otras antes que yo no tuvieron las mismas oportunidades; también hoy hay muchas personas —menos que antes, ¿también menos que en el futuro más próximo?— que siguen sin tenerlas. En ellas pienso cuando escribo las últimas líneas de mi trabajo, porque su esfuerzo también ha contribuido a hacer posible esta tesis.
Una parte importante de la tesis se basa en trabajo de archivo y biblioteca. El personal que trabaja en los que más he frecuentado me ha sido de inestimable ayuda, orientándome y descubriéndome nuevas posibilidades para la investigación. Recuerdo con especial cariño a Asen Uña, de la Fundación Ortega y Gasset, que tan bien me recibió en mi primer año en Madrid, y a Daniel Gozalbo Gimeno, del Archivo General de la Administración, que me ayudó pacientemente a buscar entre innumerables expedientes la información que necesitaba. También agradezco al personal de administración y servicios de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz su diligencia y amabilidad en el trabajo, imprescindible para poder realizar las tareas de docencia e investigación que me fueron asignadas.
Las estancias de investigación han enriquecido enormemente la tesis. He realizado dos en la Fundación Ortega y Gasset, en Madrid, gracias a la generosa invitación de Javier Zamora Bonilla, que me acogió y me abrió las puertas de la institución, insistiendo en que acudiera a sus actividades. Todo el personal de la fundación fue extraordinariamente amable y atento, pero quiero mencionar aquí a Enrique Cabrero Blasco, por su trabajo, amistad y simpatía. Realicé una tercera estancia en el Centre Européen de Sociologie et de Science Politique, de París, gracias a la invitación de Gisèle Sapiro, que me acogió también en sus seminarios. A esta estancia debo el descubrimiento de Christophe Charle, fundamental para la primera parte de esta tesis, y un intenso aprendizaje en los distintos cursos y seminarios de la EHESS a los que pude asistir como oyente. Quiero destacar especialmente el tiempo que me dedicó Gérard Mauger en una larga conversación para discutir sobre la teoría de las generaciones de Mannheim y su potencial actual en sociología; algo que, como se verá, también ha sido muy importante en este trabajo.
En la última fase de la tesis debo agradecer la amabilidad de José Luis Bellón Aguilera y Arnault Skornicki, que accedieron a realizar los informes de la tesis con una premura de la que me avergüenzo.
No quiero olvidarme del extraordinario ambiente formativo del que disfruté como alumno en la Universidad de Cádiz durante la licenciatura. Tuve la suerte de caer en una promoción donde el compañerismo fue la norma y no la excepción y donde no era rara una inquietud intelectual alegre y nada dogmática. Cuando pienso en el origen de mi vocación investigadora, no puedo imaginarla sin mis compañeros y compañeras. Esa inquietud fue acogida y alimentada por buenos profesores, a los que debo mucho. No puedo mencionarlos a todos; pero recuerdo con un enorme afecto, ellos lo saben, a Alfonso Franco y a María Dolores Pérez Murillo. A Lola Lozano le quiero agradecer que aceptara generosamente tutelarme cuando era un desorientado “alumno colaborador”. Y a Gloria Espigado le debo una inolvidable lección, que espero alguna vez tener el valor de agradecerle en persona. Pero en la facultad no solo hubo compañeros de estudios, profesores y amigos, sino también compañeros de militancia política. Con ellos y de ellos aprendí mucho y compartí la lucha por una universidad pública mejor. Fue precisamente organizando una charla sobre un modelo alternativo de universidad cuando leí por primera vez a Ortega. Se trataba evidentemente de Misión de la universidad. Como se ve, los vínculos entre universidad, campo intelectual y política no se limitan al objeto de estudio de esta tesis, sino que también en ella se expresa una parte del presente histórico desde el que está escrita.
Llego en mis agradecimientos al grupo de investigación en el que trabajo desde hace ocho años. Como profesores, José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez me descubrieron un mundo nuevo y despertaron mi interés por la filosofía y la sociología. Como compañeros, me invitaron a compartir un proyecto estimulante y me dieron un ejemplo de trabajo y compromiso intelectual de un valor incalculable. Gracias a este proyecto conocí a Francisca Fernández, Juan Núñez Olguín, Adriana Razquin y Francisco Carballo. He aprendido muchísimo de ellos y sin su amistad, cuidados y colaboración, esta tesis no hubiera salido adelante. A Francisco Carballo le agradezco especialmente su lectura atenta y su apoyo en un momento especialmente complicado.
Mi familia y amigos me han acompañado y, en parte, soportado durante estos años, en muchos casos más de lo que merecía. No tenían por qué haberlo hecho y tengo muy presente su generosidad, que no siempre he agradecido como debiera. Me acuerdo especialmente de mis padres, que me ayudaron y respetaron, aunque no siempre compartieran o comprendieran mis elecciones, lo que aún hace más valioso su apoyo. También de Emma y Juanma, que me prestaron sus casas y me regalaron su compañía.
A Mónica le agradezco haberme acompañado durante la mayor parte de este camino, que nos ha dado muy buenos momentos y otros tramos no tan agradables. En estos últimos siempre tuvo un gesto o una palabra que los hicieron más llevaderos. Con inteligencia y paciencia ha discutido partes importantes de la tesis, que han mejorado con su aportación. Y su maratoniana y meticulosa revisión final de la tesis merecería un capítulo aparte.
Quiero terminar agradeciendo especialmente a José Luis Moreno Pestaña su dedicación, que ha excedido, con mucho, lo que razonablemente se puede pedir a un director. El lector advertirá con el paso de las páginas cuánto debe este texto a su influencia y a sus trabajos. Más allá de eso, mi deuda con él es mucho más amplia; espero que este trabajo responda ante ella de la única manera que es posible en estos casos: poniendo en práctica de la mejor manera posible todo lo aprendido.
Se suele considerar que la tesis es, quizás en mayor medida que otros ritos académicos e intelectuales, la culminación de un largo trabajo individual. Sin duda, esto es cierto; pero quisiera destacar el esfuerzo colectivo que sostiene ese trabajo individual y que la firma en la portada tiende a invisibilizar.
En primer lugar, esta tesis hubiera sido inviable sin la ayuda de Formación de Personal Investigador que me otorgó en 2011 el entonces Ministerio de Ciencia e Innovación. La ayuda estaba asociada al proyecto I+D “Vigilancia de fronteras, colaboración crítica y reconversión: un estudio comparado de la relación de la filosofía con las ciencias sociales en España y Francia (1940-1990)”. Apostar por un tema como este en medio de una dura crisis económica es un gesto digno de mención y que una sociedad destine recursos, especialmente en esos momentos difíciles, para el sostenimiento del trabajo científico es algo de lo que alegrarse y sentirse orgulloso. Para que alguien como yo pudiera acceder a esta beca fue necesario el esfuerzo histórico de generaciones que construyeron un sistema educativo sin parangón en la historia de este país. Otros y otras antes que yo no tuvieron las mismas oportunidades; también hoy hay muchas personas —menos que antes, ¿también menos que en el futuro más próximo?— que siguen sin tenerlas. En ellas pienso cuando escribo las últimas líneas de mi trabajo, porque su esfuerzo también ha contribuido a hacer posible esta tesis.
Una parte importante de la tesis se basa en trabajo de archivo y biblioteca. El personal que trabaja en los que más he frecuentado me ha sido de inestimable ayuda, orientándome y descubriéndome nuevas posibilidades para la investigación. Recuerdo con especial cariño a Asen Uña, de la Fundación Ortega y Gasset, que tan bien me recibió en mi primer año en Madrid, y a Daniel Gozalbo Gimeno, del Archivo General de la Administración, que me ayudó pacientemente a buscar entre innumerables expedientes la información que necesitaba. También agradezco al personal de administración y servicios de la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz su diligencia y amabilidad en el trabajo, imprescindible para poder realizar las tareas de docencia e investigación que me fueron asignadas.
Las estancias de investigación han enriquecido enormemente la tesis. He realizado dos en la Fundación Ortega y Gasset, en Madrid, gracias a la generosa invitación de Javier Zamora Bonilla, que me acogió y me abrió las puertas de la institución, insistiendo en que acudiera a sus actividades. Todo el personal de la fundación fue extraordinariamente amable y atento, pero quiero mencionar aquí a Enrique Cabrero Blasco, por su trabajo, amistad y simpatía. Realicé una tercera estancia en el Centre Européen de Sociologie et de Science Politique, de París, gracias a la invitación de Gisèle Sapiro, que me acogió también en sus seminarios. A esta estancia debo el descubrimiento de Christophe Charle, fundamental para la primera parte de esta tesis, y un intenso aprendizaje en los distintos cursos y seminarios de la EHESS a los que pude asistir como oyente. Quiero destacar especialmente el tiempo que me dedicó Gérard Mauger en una larga conversación para discutir sobre la teoría de las generaciones de Mannheim y su potencial actual en sociología; algo que, como se verá, también ha sido muy importante en este trabajo.
En la última fase de la tesis debo agradecer la amabilidad de José Luis Bellón Aguilera y Arnault Skornicki, que accedieron a realizar los informes de la tesis con una premura de la que me avergüenzo.
No quiero olvidarme del extraordinario ambiente formativo del que disfruté como alumno en la Universidad de Cádiz durante la licenciatura. Tuve la suerte de caer en una promoción donde el compañerismo fue la norma y no la excepción y donde no era rara una inquietud intelectual alegre y nada dogmática. Cuando pienso en el origen de mi vocación investigadora, no puedo imaginarla sin mis compañeros y compañeras. Esa inquietud fue acogida y alimentada por buenos profesores, a los que debo mucho. No puedo mencionarlos a todos; pero recuerdo con un enorme afecto, ellos lo saben, a Alfonso Franco y a María Dolores Pérez Murillo. A Lola Lozano le quiero agradecer que aceptara generosamente tutelarme cuando era un desorientado “alumno colaborador”. Y a Gloria Espigado le debo una inolvidable lección, que espero alguna vez tener el valor de agradecerle en persona. Pero en la facultad no solo hubo compañeros de estudios, profesores y amigos, sino también compañeros de militancia política. Con ellos y de ellos aprendí mucho y compartí la lucha por una universidad pública mejor. Fue precisamente organizando una charla sobre un modelo alternativo de universidad cuando leí por primera vez a Ortega. Se trataba evidentemente de Misión de la universidad. Como se ve, los vínculos entre universidad, campo intelectual y política no se limitan al objeto de estudio de esta tesis, sino que también en ella se expresa una parte del presente histórico desde el que está escrita.
Llego en mis agradecimientos al grupo de investigación en el que trabajo desde hace ocho años. Como profesores, José Luis Moreno Pestaña y Francisco Vázquez me descubrieron un mundo nuevo y despertaron mi interés por la filosofía y la sociología. Como compañeros, me invitaron a compartir un proyecto estimulante y me dieron un ejemplo de trabajo y compromiso intelectual de un valor incalculable. Gracias a este proyecto conocí a Francisca Fernández, Juan Núñez Olguín, Adriana Razquin y Francisco Carballo. He aprendido muchísimo de ellos y sin su amistad, cuidados y colaboración, esta tesis no hubiera salido adelante. A Francisco Carballo le agradezco especialmente su lectura atenta y su apoyo en un momento especialmente complicado.
Mi familia y amigos me han acompañado y, en parte, soportado durante estos años, en muchos casos más de lo que merecía. No tenían por qué haberlo hecho y tengo muy presente su generosidad, que no siempre he agradecido como debiera. Me acuerdo especialmente de mis padres, que me ayudaron y respetaron, aunque no siempre compartieran o comprendieran mis elecciones, lo que aún hace más valioso su apoyo. También de Emma y Juanma, que me prestaron sus casas y me regalaron su compañía.
A Mónica le agradezco haberme acompañado durante la mayor parte de este camino, que nos ha dado muy buenos momentos y otros tramos no tan agradables. En estos últimos siempre tuvo un gesto o una palabra que los hicieron más llevaderos. Con inteligencia y paciencia ha discutido partes importantes de la tesis, que han mejorado con su aportación. Y su maratoniana y meticulosa revisión final de la tesis merecería un capítulo aparte.
Quiero terminar agradeciendo especialmente a José Luis Moreno Pestaña su dedicación, que ha excedido, con mucho, lo que razonablemente se puede pedir a un director. El lector advertirá con el paso de las páginas cuánto debe este texto a su influencia y a sus trabajos. Más allá de eso, mi deuda con él es mucho más amplia; espero que este trabajo responda ante ella de la única manera que es posible en estos casos: poniendo en práctica de la mejor manera posible todo lo aprendido.
